juanchica

1 de septiembre de 2026

¿Cuánto te amas?

Cuando me hicieron esta pregunta, de entrada, me pareció casi obvia: ¿cuánto te amas?

Escuchar con mi voz

Mi primera reacción fue responder algo como: claro que me amo. Obviamente. ¿Cómo no me voy a amar? Pero la pregunta se me quedó dando vueltas y, como pasa con algunas preguntas aparentemente simples, entre más la pensaba, menos sencilla se volvía. Porque una cosa es decir que uno se ama y otra muy distinta es preguntarse cómo se ve ese amor en la vida real, qué decisiones lo demuestran, qué hábitos lo sostienen y, sobre todo, cuántas de las cosas que uno ha llamado amor propio en realidad venían de otro lugar.

Cuando empecé a hacer ese inventario me di cuenta de que mi respuesta no podía ser simplemente “sí, me amo”. Tenía que ser algo más parecido a: creo que me amo más que antes, pero todavía estoy aprendiendo a tejer la forma en la que me quiero amar.

Y esa diferencia, aunque parece pequeña, para mí es enorme.

Porque si miro mi vida hoy y la comparo con la de hace un año, hay muchas cosas que han cambiado. Cambió cómo como, cómo duermo, cómo entreno, cómo rezo, cómo vivo la soledad, cómo me relaciono con mi cuerpo, cómo estudio, cómo gasto, cómo trabajo y hasta cómo me visto. Pero lo más interesante no es necesariamente que hayan cambiado las conductas, sino que empiezo a descubrir que detrás de una misma conducta pueden existir motivaciones completamente distintas.

Yo siempre hice ejercicio. Siempre me gustó cuidarme. Siempre estudié sobre nutrición, probé dietas, fui disciplinado con algunas cosas y traté de verme bien. Eso, por fuera, parece amor propio. Y seguramente en parte lo era. Pero hoy puedo reconocer que muchas veces también había vanidad, ego y necesidad de validación. No era únicamente “quiero estar sano”, sino también “quiero que me vean sano”. No era solamente “me gusta entrenar”, sino también “quiero que piensen que soy disciplinado”. No era solamente “quiero aprender sobre nutrición”, sino también ese pequeño placer de que alguien preguntara qué dieta estaba haciendo, qué estaba leyendo, por qué comía de cierta manera, porque ahí también había una identidad que yo estaba construyendo frente a los demás.

Con el trabajo me pasó algo parecido. Durante mucho tiempo los cargos, los salarios, las empresas, las fincas, los proyectos y la visibilidad profesional no eran únicamente cosas que yo disfrutara o que tuvieran sentido para mí; también eran una forma de mostrar valor. Yo necesitaba sentir que los demás me percibían como alguien próspero, exitoso, inteligente, capaz, abundante. Había una lógica silenciosa en la que mi valor estaba relacionado con lo que yo pudiera demostrar o entregar.

Incluso la espiritualidad puede caer en esa trampa. Uno puede leer mucho, estudiar, rezar, hablar de crecimiento interior y terminar, sin darse cuenta, construyendo otra forma de ego: sentirse más consciente, más evolucionado, más profundo, más moral que los demás. Hoy trato de vivirla distinto. Rezo porque me hace bien. Porque quiero estar cerca de Dios. Porque me da paz hablar con Jesús, con los ángeles, con mi ángel de la guarda, como quien habla con amigos que tiene al lado. Ya no necesito que nadie sepa que lo hago ni que eso diga algo especial de mí.

Todo esto me ha llevado a una conclusión incómoda: una conducta puede parecer amor propio y, sin embargo, estar movida por miedo.

Puedo entrenar por amor a mi salud o por miedo a no ser atractivo. Puedo trabajar duro por propósito o por miedo a dejar de ser relevante. Puedo dar por generosidad o por miedo a que me abandonen. Puedo proveer porque tengo con qué y porque me nace hacerlo, o porque creo que si dejo de proveer dejo de tener valor. Puedo estudiar porque disfruto aprender o porque necesito que me consideren inteligente. Por fuera casi todo se ve igual. La diferencia está en la intención, y esa intención no siempre es fácil de reconocer cuando uno está metido en la historia.

De hecho, creo que uno suele entenderse mucho mejor hacia atrás que mientras está viviendo las cosas. En el momento uno se cuenta relatos muy convincentes. Yo me decía que era generoso, que era un hombre de servicio, que veníamos al mundo a contribuir, que yo podía con todo, que mi papel era resolver, sostener, proveer y ayudar. Y había verdad en todo eso. Pero también había miedo. Mucho miedo al abandono, al rechazo, a no ser suficiente, a decepcionar, a que si yo dejaba de ser indispensable alguien pudiera concluir que ya no me necesitaba.

Durante mucho tiempo, en el fondo, mi valor estuvo demasiado ligado a mi utilidad.

Yo valía porque resolvía. Porque proveía. Porque sabía. Porque ayudaba. Porque sostenía. Porque podía echarme encima lo que fuera. Y cuando uno construye su valor de esa forma, inevitablemente aparece una pregunta bastante dura: ¿qué pasa si un día no tengo nada de eso para ofrecer?

Si nadie sabe cuánto gano. Si no tengo un cargo importante. Si no estoy en mi mejor momento económico. Si nadie necesita que lo rescate. Si no puedo pagar, solucionar, impresionar, enseñar o sostener. ¿Qué queda?

Hace unos meses, probablemente mi respuesta habría sido: no mucho. O por lo menos no lo suficiente.

Yo pensaba en términos muy concretos: no me dan las tajadas para estar con alguien así, no soy suficiente para construir una relación, para liderar una familia, para montar un negocio, para estar al frente de ciertas cosas. Hoy empiezo a pensar distinto, aunque sería mentira decir que lo tengo incorporado por completo. La teoría la entiendo. La práctica todavía se me escapa muchas veces.

Hoy puedo decir: yo soy valioso por lo que soy, por mis principios, por mis valores, por mi forma de amar, por mi intención, por todo lo que soy incluso antes de empezar a demostrar nada. Pero todavía hay momentos en los que aparece esa voz vieja. Cuando alguien no me responde. Cuando me siento solo. Cuando algo sale mal. Cuando pienso en volver a construir una relación. Ahí todavía aparece el miedo: ¿será que sí soy suficiente? ¿Será que alguien va a querer estar conmigo si no estoy resolviendo todo? ¿Será que mis amigos no contestan porque no tengo nada que aportarles? Esas preguntas todavía existen.

Y quizá precisamente por eso siento que hoy me amo más, pero no todavía como quisiera.

Hay otra dimensión en la que esto se me hace muy evidente: la forma como me trato cuando fallo.

Soy muy exigente conmigo. Cuando decepciono a alguien que amo, me doy muy duro. Cuando prometo algo que realmente creía que iba a poder cumplir y no lo logro, no pienso únicamente “me equivoqué”; fácilmente paso a “fui incapaz”, “no fui suficiente”, “¿cómo no pude hacerlo si estaba seguro de que podía?”. Cuando tomo una decisión mala, lo que más me molesta no siempre es el resultado, sino sentir que el proceso fue ligero, que teniendo herramientas para pensar mejor no las utilicé. Cuando me endeudo o gasto más de la cuenta por miedo a no poder resolverle algo a alguien, lo que me duele no es simplemente la plata, sino descubrir que volví a repetir el patrón.

Y ahí estoy aprendiendo algo que parece obvio pero no lo es: amarme no significa justificarme.

Puedo reconocer que fui inseguro, que actué desde el miedo, que incumplí, que fui incoherente, que lastimé a alguien, que tomé una mala decisión y aun así no convertirme en mi propio verdugo. Puedo hacerme responsable sin destruirme. Puedo decir “esto estuvo mal” sin concluir “yo estoy mal”.

Eso para mí ha sido una de las transformaciones más importantes de los últimos meses. Cambiar la conversación interna. Empezar a reemplazar esa voz que juzga, castiga y humilla por otra que sigue siendo exigente, pero que también entiende, acompaña y pone las cosas en perspectiva. No para volverme complaciente conmigo, sino precisamente para poder cambiar sin odiarme en el proceso.

Creo que una buena forma de medir cuánto uno se ama no es mirar cómo se trata cuando todo va bien. Es fácil quererse cuando uno está entrenando, produciendo, ganando, cumpliendo, recibiendo reconocimiento y sintiéndose orgulloso. La prueba más difícil es otra: ¿cuánta dignidad soy capaz de conservar hacia mí mismo cuando no estoy orgulloso de lo que hice?

Ahí todavía tengo mucho que aprender.

También he tenido que revisar mi idea del servicio. Durante mucho tiempo creí profundamente en eso de que venimos al mundo a servir. Y sigo creyéndolo. Lo que cambió es que ahora empiezo a entender que servir no puede significar desaparecer.

Yo he gastado plata que no tenía para resolver problemas ajenos. He asumido responsabilidades que no me correspondían. He sido incapaz de cobrarle a personas que me deben, incluso cuando han sido incumplidas e irrespetuosas. He dicho que sí cuando quería decir que no. He sentido que si yo no hacía algo, nadie más lo iba a hacer. Me he convencido de que si no suplía una necesidad económica entonces estaba fallando, que si no resolvía algo entonces estaba decepcionando a alguien.

Eso no era solamente generosidad. Muchas veces también era miedo.

Y aquí hay una distinción que para mí es importante porque no quiero aprender a amarme volviéndome menos generoso. No quiero pasar del exceso de entrega al egoísmo. Quiero seguir siendo un hombre que sirve, que acompaña, que provee cuando tiene con qué, que sorprende, que cuida, que está presente, que enseña, que ayuda, que comparte, que contribuye. Quiero seguir siendo justo, ecuánime, amoroso, divertido, abundante. Quiero seguir amando sin medida.

Lo que quiero cambiar es la razón desde la que lo hago.

Quiero poder dar porque me nace, no porque necesito que alguien se quede. Proveer porque puedo y porque me hace feliz, no porque creo que esa es la condición para ser querido. Ayudar sin convertir la ayuda en una transacción emocional silenciosa. Dar mucho sin sentir que mi tranquilidad depende de cómo el otro responda.

En el fondo, creo que durante años confundí amar a los demás con dejarme a mí por fuera de la ecuación.

Hoy quisiera aprender a amar distinto. Quisiera poder decirle a alguien: esto soy. Estas son mis virtudes, mis defectos, mis miedos, mis contradicciones, mis gustos, mi manera de vivir. No quiero fabricar una versión de mí que sea imposible de abandonar. Quiero que alguien pueda conocer al hombre real y decidir construir con él. Y quisiera poder hacer lo mismo con esa persona.

También estoy aprendiendo otra cosa que nunca se me dio muy bien: estar solo.

La verdad es que no me gusta estar solo. Nunca me ha gustado demasiado. Pero me vine a vivir al Retiro y, en medio de esa soledad, he empezado a encontrar cosas que antes quizás no veía. Leo más. Escribo. Pienso. Estudio. Salgo a comer algo que realmente me gusta simplemente porque me provoca. Monto a caballo. Manejo escuchando un podcast o reflexionando. Rezo de esa manera mía medio charra, hablando con Dios y con los ángeles como si estuvieran sentados conmigo.

Hay momentos en los que disfruto muchísimo esa paz. Y hay otros en los que la soledad me pesa. Cuando alguien no responde, cuando pasa mucho tiempo sin que nadie escriba, todavía aparece una sensación rara. Un vacío. Una especie de angustia que me recuerda que esto también sigue siendo un proceso.

Pero incluso ahí hay algo nuevo: estoy aprendiendo a quedarme conmigo.

Tal vez el amor propio no sea que a uno de repente le encante estar solo. Tal vez sea poder sentirse solo sin abandonarse.

Con los límites me pasa algo parecido. Yo sé en teoría muchas de las cosas que debería dejar de hacer. Sé que no debería gastar para impresionar ni para sostener una imagen. Sé que debería decir más veces que no. Sé que no debería prometer de más por mi optimismo. Sé que me explico demasiado. Sé que a veces sigo buscando aprobación. Sé que todavía quiero resolver cosas que no me corresponden.

Y aun así lo sigo haciendo.

Son muchos años repitiendo patrones. No desaparecen porque uno lea dos libros, rece unos meses o tenga una epifanía. Pero hoy los veo un poco antes. Algunas veces los alcanzo a detener. Otras no. A veces caigo y me doy cuenta después. Pero por lo menos ya no puedo fingir que no están ahí.

Y eso, aunque pequeño, también me parece una forma de amor propio: dejar de mentirse.

Para mí, no abandonarme empieza a significar algo bastante simple: priorizar lo que soy y tratar de actuar coherente con eso. Que haya cada vez menos distancia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. No vivir permanentemente negociando conmigo mismo para evitar decepcionar a alguien más.

Hay una parte de todo esto que todavía siento muy viva: la necesidad de demostrar que soy suficiente, especialmente cuando pienso en una relación. La capacidad de proveer sigue apareciendo como una especie de examen interno. Una parte de mí todavía siente que para merecer amor tengo que demostrar que puedo sostener, construir, resolver, producir.

Quiero dejar de presentar ese examen.

No porque quiera dejar de crecer ni de ser ambicioso. Me gusta construir. Me gusta trabajar. Me gusta crear valor. Quiero vivir una vida próspera, abundante, con propósito, seguir transformando las cosas que amo y ojalá dejar el mundo un poquito mejor de como lo encontré.

Pero quiero que todo eso sea consecuencia de quién soy, no condición para sentir que valgo.

Quiero creer que alguien puede amarme también cuando no estoy en mi mejor momento, cuando atravieso una dificultad, cuando no estoy resolviendo todo, cuando simplemente soy yo. Alguna vez sentí que eso podía pasar. La historia no terminó como yo habría querido, y sería muy fácil utilizar ese desenlace para confirmar el miedo antiguo: ¿ves?, si no eres suficiente, te dejan.

No quiero hacerlo.

Una experiencia no puede convertirse en una sentencia sobre mi valor.

No sé con certeza qué va a pasar en el futuro. Pero tengo fe. Confío en Dios. Y quiero seguir creyendo que es posible construir una relación en la que uno no tenga que estar demostrando permanentemente que merece quedarse.

Entonces, si hoy alguien volviera a preguntarme cuánto me amo, ya no respondería con un “muchísimo” automático.

Diría algo más honesto.

Creo que me amo más que antes y estoy en el proceso de tejer la forma en la que me quiero amar.

Sé que me amo más que hace un año porque se nota en mis hábitos, en cómo cuido mi cuerpo, en cómo trato de dormir, en cómo como, en cómo rezo, en cómo empiezo a disfrutar mi propia compañía y en cómo trato de cambiar la conversación que tengo conmigo mismo.

Pero también sé que todavía no me amo como quisiera.

Sigo teniendo miedo. Sigo sintiéndome insuficiente algunas veces. Sigo confundiendo proveer con valer. Sigo buscando aprobación. Todavía me abandono a veces tratando de evitar que alguien más me abandone.

La diferencia es que ahora puedo verlo.

Y quizá eso también sea parte de aprender a amarse: mirarse con suficiente verdad para reconocer lo que uno todavía tiene que transformar, sin utilizar esa verdad como una nueva arma para castigarse.

Quiero aprender a amarme como un ser absolutamente valioso. Como un hombre justo, bueno, amoroso, creador de valor para él y para los demás. Quiero hacerlo desde un lugar de paz, de nobleza, de genuinidad, de verdad.

Quiero hacerlo pegadito de Dios.

Con la fe de que mañana puede ser mejor, pero sin necesitar que mañana sea mejor para aceptar quién soy hoy. Aprender a agradecer, celebrar, honrar y asombrarme. A reconocer esos pequeños milagros cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos y entender que ya hay abundancia en muchas cosas que hoy tengo frente a mí.

Porque quizás una vida plena no empieza el día en que finalmente uno logra convertirse en esa versión perfecta que llevaba años tratando de demostrar.

Quizá empieza mucho antes.

Empieza cuando uno reconoce que, siendo todavía imperfecto, contradictorio, incompleto y en construcción, ya merece su propio cuidado, su propio respeto, su paciencia, su perdón y su amor.

Y desde ahí, seguir tejiendo.

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