El miedo no era el problema
El mayor costo del miedo no es el sufrimiento. Es la incoherencia.
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No todas las pérdidas llegan de la misma forma. Algunas tienen el nombre de una persona que amamos. Otras llegan como una quiebra, la muerte de alguien cercano, el final de un proyecto al que le entregamos años de nuestra vida, una enfermedad o simplemente ese momento en el que la vida nos obliga a aceptar que las cosas ya no serán como las imaginábamos.
Pero, aunque cambien las circunstancias, muchas veces la pregunta de fondo es la misma:
¿Quién toma nuestras decisiones cuando aparece el miedo?
Durante mucho tiempo pensé que el miedo era una emoción que simplemente había que aprender a gestionar.
Hoy creo que es mucho más profundo que eso. El miedo no solo nos hace sufrir. El miedo empieza a decidir por nosotros. Y cuando eso ocurre, dejamos de actuar desde nuestros principios para empezar a reaccionar desde nuestras inseguridades.
Ese fue quizás, el aprendizaje más duro que me dejó una pérdida reciente.
No fue únicamente el dolor de perder algo profundamente importante para mí. Fue descubrir que mucho antes de esa pérdida, ya había empezado a vivir desde el miedo. Miedo a no ser suficiente. Miedo al abandono. Miedo a decepcionar. Miedo a generar conflicto. Miedo a equivocarme.
Lo curioso es que esos miedos nunca aparecían diciendo su nombre.
Se disfrazaban de otras cosas. Se disfrazaban de control. De necesidad de aprobación. De querer quedar bien con todo el mundo. De pensar demasiado antes de actuar. De posponer cosas difíciles. De reaccionar en lugar de construir.
Y sin darme cuenta, empecé a vivir una contradicción silenciosa.
Por dentro sabía perfectamente el hombre que quería ser. Pero cuando el miedo aparecía, terminaba actuando como alguien completamente distinto.
Esa distancia entre lo que uno cree y lo que uno hace es un lugar profundamente incómodo para vivir.
Porque el verdadero costo del miedo no es el sufrimiento. Es la incoherencia.
Es decir que uno quiere construir, mientras actúa destruyendo. Es decir que uno confía, mientras responde desde la inseguridad. Uno ama, mientras deja que el miedo hable más fuerte que ese amor.
Durante este proceso entendí otra verdad que todavía me cuesta aceptar. Las transformaciones invisibles no transforman la realidad de quienes nos rodean. Podemos sentir que estamos cambiando. Podemos creer que estamos evolucionando. Podemos convencernos de que ahora pensamos diferente. Podemos creer que se está notando. Pero las personas no viven dentro de nuestra cabeza. Solo conocen aquello que alcanzamos a convertir en acciones. Y la vida, al final, no recompensa únicamente las buenas intenciones. La vida responde a lo que somos capaces de hacer.
También entendí que había pasado demasiado tiempo intentando sostener demasiados mundos al mismo tiempo. Quería responder a todos. Quería cumplir con todos. Quería que nadie se sintiera defraudado. Y en ese intento, terminé olvidando algo fundamental: una persona que vive permanentemente desde el miedo difícilmente puede construir con libertad.
Necesita primero reconciliarse consigo misma. No para dejar de amar a los demás. Sino para poder amarlos desde la abundancia y no desde el temor de perderlos.
Hay una frase estoica: The obstacle is the way.
Durante años la viví como una idea inspiradora. Aunque con este proceso la entendí completamente diferente. El obstáculo no era la pérdida. El obstáculo era enfrentar todas las inseguridades que esa pérdida dejó al descubierto. Porque las pérdidas no crean nuestros miedos. Los revelan. Y paradójicamente, nos regalan una oportunidad extraordinaria. La oportunidad de decidir que, de ahora en adelante, nuestras convicciones pesarán más que nuestras inseguridades.
Sigo sintiendo tristeza. Muchísima!
Hay pérdidas que no dejan de doler simplemente porque uno las entiende mejor. Pero hoy también siento algo que hace mucho tiempo no experimentaba y es tranquilidad. No porque tenga todas las respuestas. No porque sepa cómo terminará la historia. Sino porque estoy intentando vivir de una manera en la que lo que pienso, lo que digo y lo que hago vuelvan a parecerse.
Quizás la verdadera madurez no consiste en dejar de tener miedo.
Consiste en dejar de entregarle al miedo el derecho a decidir quiénes somos.